Un viaje entre líneas, arte y momentos que no se olvidan.
El día empezó con el cielo medio dormido y nosotros también. A las 7:00 a.m. salimos de Cali rumbo a Roldanillo, Valle, en una salida de campo organizada por nuestra clase de Filosofía del Arte. El propósito era claro: acercarnos al pensamiento artístico desde la experiencia directa, visitar un lugar donde el arte no solo se observa, sino que se respira. El Museo Rayo fue el escenario ideal para este encuentro entre teoría y sensibilidad: un espacio que permite reflexionar sobre el arte como lenguaje, como geometría del espíritu y como provocación estética. Allí, la figura de Omar Rayo no solo nos mostró su obra, sino también su manera de pensar el mundo desde las líneas, el color y la abstracción.
Nuestra primera parada técnica no duró mucho, pero fue suficiente para que me pasara el primer “acto artístico” del día: mi celular decidió lanzarse al piso desde mis manos y terminó con la parte de atras destrozada. Un presagio tal vez, una intervención involuntaria del destino. Dolió (sí), pero decidí que no iba a dejar que eso arruinara lo que prometía ser un viaje memorable.
Llegar a Roldanillo fue como entrar a otro ritmo de vida. El sol ya estaba alto, y el aire tenía esa mezcla de calor, tranquilidad y pueblo con historia. Nuestra primera gran parada fue el Museo Rayo, un lugar que parece construido para quedarse en la retina. Apenas entramos, nos dieron una breve explicación sobre la vida y obra de Omar Rayo, ese artista que se mueve entre el rigor geométrico y la poesía visual. Fue inspirador descubrir la técnica del intaglio, que combina fuerza, detalle y delicadeza de forma casi ritual. Ver sus obras en vivo fue completamente distinto a mirarlas en pantalla o papel: estaban ahí, hablándonos.
Y como si fuera poco, conocimos a su esposa, quien se mantiene cerca del legado de Rayo con una presencia cálida y sencilla, casi como si ella también fuese parte de las instalaciones permanentes del museo.
Después de ese baño de arte, el estómago empezó a hacer sus propios reclamos, así que salimos con el combo de la CIPA en busca de almuerzo. La búsqueda nos llevó a algo inesperado pero sabrosísimo: arroz chino. Porque claro, no hay experiencia filosófica que no se complemente bien con un plato rebosado de arroz, chuleta, salsa y antojo colectivo.
Con la barriga llena y el espíritu liviano, salimos a caminar por el pueblo. Terminamos sentadas en un parque, compartiendo conversaciones dispersas y miradas al paisaje. En medio de esa pausa apareció una escena digna de corto cinematográfico: un perrito negro se metió, sin pena ni gloria, a la fuente del parque. Todos lo vimos. Todos nos reímos. Fue uno de esos momentos en que el tiempo se detiene un poco, sólo para recordarte que la belleza también está en lo espontáneo.
Y justo cuando pensábamos que ya el día no podía sumar más rarezas, alguien propuso ir a un lugar llamado "La Oficina". Spoiler: no era una oficina. Era un tomadero con piscina, nombre irónico incluido. Ahí terminamos todos, incluyendo al profe, compartiendo cervezas bien frías, jugando sapo y hablando de todo menos teoría estética. Fue el cierre perfecto: un momento de camaradería sin pretensiones, donde el arte se transformó en convivencia, juego y risa.
A las 5:00 p.m. emprendimos el regreso a Cali. Yo, con el celular partido, los pies cansados y la cabeza llena. Pero también con el corazón completo, porque más allá de la agenda académica, ese día nos enseñó que el arte se vive —se siente— en la calle, en la gente, en la comida inesperada, en los perros que saltan al agua y en los silencios compartidos bajo el sol.
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